¿SABEMOS QUÉ COMEMOS?

Por Tatiana Alexia Mikaelian


Actualmente la cantidad de información que tenemos al alcance de nuestras manos para conocer lo que nos rodea es cada vez mayor, uno hasta podría pensar que lo que no sabe es porque no lo averiguó. Sin embargo, a pesar de tener los datos a nuestro alcance, me atrevo a decir que en realidad la mayoría de las personas desconocemos qué es lo que comemos. Y no me refiero a los ingredientes específicos de una excentricidad gastronómica en un restaurant, sino a lo que nos llevamos de las góndolas de los supermercados todos los días.

A primera impresión esto suena muy extraño, ya que nosotros somos los que tenemos la total libertad de elegir qué comprar, entre toda la variedad de productos que se nos ofrece, ¿no es cierto? Elegimos los productos que más nos gustan, o los que consideramos son de mayor calidad, o el de mejor precio, e incluso aquellos con publicidad más divertida. Pero, ¿estamos debidamente informados del aspecto más importante de un alimento, que es su información nutricional? Me temo que no. Entre el apuro de hacer las compras, la gran variedad de oferta, y lo poco acostumbrados que estamos a leer la lista de ingredientes, sumado a lo difícil que a veces resulta interpretarla, rara vez uno se detiene a analizar la información nutricional de un alimento de góndola.



En el caso de Argentina según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 60% de la población tiene sobrepeso, y el 26,3% de los adultos son obesos, una de las cifras más altas de Sudamérica. A su vez, llama la atención un informe de la FAO que informa que el 9,9% de los niños menores de cinco años en la Argentina tienen sobrepeso. En comparación con otros países de la región, el país se ubica con el mayor porcentaje, al que le siguen Chile (9,5%), México (9,0%) y Bolivia (8,7%). Y en los estudiantes de 13 a 15 años, el sobrepeso afecta a uno de cada tres.

La obesidad tiene un alto impacto no solo sanitario, sino también económico y social. Aumenta el riesgo de padecer asma, diabetes tipo 2, apnea del sueño y enfermedades cardiovasculares. Afecta el crecimiento y el desarrollo psicosocial durante la adolescencia generando discriminación, baja autoestima, exclusión social y depresión y, con el tiempo, compromete la calidad de vida y la longevidad. Está asociada además con 14 tipos de cáncer y enfermedades osteoarticulares.



El aumento de la obesidad se debe a un cambio en el patrón de consumo de alimentos naturales y comidas caseras hacia productos ultraprocesados con alta cantidad de azúcares agregados, grasas saturadas y sal, y bajo valor nutricional. Los alimentos procesados industrialmente, las bebidas azucaradas y la comida rápida están desplazando a las dietas tradicionales más nutritivas. La Argentina se encuentra en los primeros puestos de la región por el consumo de estos productos ultraprocesados, y el aumento de la obesidad ya es un asunto de salud pública.



Muchas veces vemos productos cuyos paquetes aseguran ser “light”, “sanos”, “caseros”, “artesanales”, y demás frases que buscan ejercer influencia sobre nosotros, pero la realidad es que esas etiquetas no suelen coincidir con la realidad. Sin lugar a dudas hay que garantizar el derecho a la información y a la salud, y es por eso que hacen falta tomar medidas para alertar a los consumidores sobre la calidad nutritiva de los productos alimenticios. Necesitamos un etiquetado de los alimentos que informe adecuadamente a los consumidores, que brinde información sencilla, objetiva, veraz y útil para que, al momento de la compra, se pueda identificar al instante si un producto contiene altas concentraciones de azúcares, grasas, sodio y calorías, y así tomar decisiones que protejan nuestra salud y la de nuestros hijos.

Dentro de América Latina, Ecuador se convirtió en el primer país en adoptar el sistema del semáforo para alertar a los consumidores sobre la calidad nutritiva de los alimentos de góndola. Esta medida hace referencia según sus colores al contenido de sal, azúcar y grasas siendo el color rojo símbolo de exceso, el color amarillo advertencia y el color verde indicador de cantidades aceptables. Este símbolo se observa de manera completa en el envase, indicando por medio del color en qué nivel (alto, medio, bajo) se encuentran los nutrientes de manera individual.



Esta herramienta se convirtió en un gran aporte en la promoción de una alimentación saludable, ya que realmente sirve al objetivo de alertar a los individuos acerca de alimentos que en exceso pueden resultar perjudiciales para la salud, al tiempo que es un instrumento que posibilita establecer rápidas comparaciones. Otros países como Chile y México tienen un etiquetado de este tipo o similar. La medida ha demostrado tener un efecto consistente en influenciar la elección y compra de alimentos saludables. Muchos consumidores se inclinan por comprar aquellos productos que menos nutrientes tengan “en rojo”, a la vez que algunas empresas cambian la formulación de sus productos de modo de evitar ser etiquetados con el semáforo rojo. Sin dudas, el etiquetado nutricional frontal es un medio prometedor para influir en las opciones de alimentos envasados hacia alternativas más sanas y mejorar las dietas de una población con creciente sobrepeso y obesidad.

Avanzar con el etiquetado nutricional de los alimentos es un primer paso que abre las puertas a otros mundos de etiquetado, como el etiquetado ecológico de los alimentos. Con éste, se podría definir también si los productos contienen transgénicos, si proceden de la agricultura orgánica o agroecológica, o si son producidos sin el empleo de sustancias químicas de síntesis como pesticidas, fertilizantes y herbicidas. Los productos también podrían informar la huella ecológica o hídrica asociada al mismo, o cuántos kilómetros tuvo que recorrer el producto hasta llegar a nuestra góndola, y demás cuestiones de trazabilidad que hacen a la justa y bien informada elección del consumidor.

Tatiana Alexia Mikaelian
Lic. En Ciencias Ambientales


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